lunes, 3 de febrero de 2014

La entropía ¿es la estropía?


  Sin embargo el tercer factor en juego ya está produciendo cambios en las reglas y en los límites del tema. Todavía estamos lejos de suponerlo un elemento equilibrante pero su observación desde su inclusión al sistema como la posibilidad de producir límites a la producción deben ser tomados en cuenta. Y me refiero al último factor social mencionado que es el de la toma de conciencia del ecosistema.
  Hace menos de treinta años la ecología quedaba reservada a pocos hombres y mujeres, en general cercanos al mundo científico. La humanidad estaba ocupada en explorar el espacio exterior, aumentar los bienes y servicios para un mundo mejor, y en la pelea para repartir el poder de ese mismo mundo.
  El ecosistema era un hecho de la realidad que se modificaba, del que el hombre era su gran responsable pero que nadie consideraba importante su resolución.
  Como suele ocurrir, algún hecho de la historia pone en marcha una maquinaria que lentamente se despereza hasta que entra en movimiento. Una guerra menor en Medio Oriente quebró súbitamente la producción de petróleo. El mundo en su conjunto que disfrutaba del exceso de petróleo de los pozos árabes se encontró con la escasez energética y puso en evidencia, la fragilidad del sistema de producción y de consumo de la energía. La Guerra de Iom Kipur dejó sin combustible los surtidores de occidente y puso en grave peligro la calefacción de los hogares del primer mundo.
  Faltarían diez años para que el tema de la ecología llegara a la trascendencia de las conflictivas del trabajo y de la guerra, la desnutrición infantil o la defensa de los derechos humanos, temas de importancia dentro de los organismos de las causas sociales, pero de poco peso en las decisiones de los arbitrajes políticos y económicos.
  Sin embargo pueden detectarse algunos síntomas de que la inquietud con respecto a la ecología comenzó a hacerse carne dentro de las sociedades. Vale la pena observar algunas señales de cambios en el consumo individual, en las costumbres y en los hábitos.
  No hace mucho tiempo que el concepto de Calidad de Vida cobró importancia, digamos que a partir de mediados de la década de los ochenta la figura del hombre con un vaso de whisky y un cigarrillo colgando de su boca, ha perdido sentido estético. Aquel juego del desafío a la muerte desde el descuido omnipotente a través de la velocidad en los automóviles o motocicletas o las trasnoches humeantes alucinadas por la psicodelia, han perdido vigor. La moda que comenzó inicialmente con las dietas para adelgazar, terminaron  alimentando el aspecto puritano habital de las sociedades, se acuñó el término de fumador pasivo, se limitó la venta del alcohol sin llegar a la altura de la ley seca, pero de todos modos, se alimentó un estilo donde el cuidado del cuerpo propio y ajeno, son el paradigma del concepto de la Calidad de Vida.
  Apenas veinte años antes la moda y los modos de la relación eran la antítesis de esa propuesta. A nadie le importaba el cuidado de sí mismo o por lo menos, existía un inmenso grupo humano que llevaba la transmisión de la cultura y desvalorizaba ese modo de ver la vida y hasta la denunciaba por el egoísmo que proponía.
  Por el contrario, a mediados de los ochenta el yoghurt y la gimnasia eran los nuevos instrumentos de una vida mejor.
  La antítesis de estos modelos es lo que me interesa señalar, independientemente de los resultados de uno y otro modo de presentarlos. La influencia del SIDA completó quizás el círculo. No sólo se exige un cuidado egoísta y personal, sino que el contacto puede llevar a la muerte. A partir de esto, un recital como el de Woodstock se presenta impensable, no tanto por la posibilidad de su realización sino por la legitimación social de lo que significó. En los últimos tiempos no dejó de consumirse drogas, alcohol ni tabaco, sólo que ahora la sociedad lo condena y de algún modo lo culpabiliza. Sin embargo pretendo que algún aspecto de la moda del cuidado del cuerpo excede al mero concepto de Calidad de Vida entendido como cuidado estimulador del narcisismo.
  Humphrey Bogart alcoholizado en el film Casablanca con el marco de las escalas de Así Pasan los Años y el humo del cigarrillo que lo rodeaba,  mostraba también un modo narcisista de héroe que proponía el modelo de la época. Hoy ese héroe perdería peso al presentarse en esas condiciones. Ese es el punto de la singularidad que me interesa destacar.
  Quienes trabajan con el cuerpo y del cuidado como concepto totalizador, consideran que el cuerpo es nuestra casa, es el lugar donde estamos alojados en él y con él vivimos nuestros sentimientos, pensamientos y emociones. Ocurre que luego de años de despreciar el cuerpo, en particular desde los intelectuales que valorizaban nuestros sentidos como canal de nuestras emociones y pensamientos, hoy se considera que nuestras piernas, estómago y sexo son partes tan valiosas para nuestra vida como aquella que se sostiene debajo de nuestro cuero cabelludo.
  La casa entonces comienza a ser cuidada con religiosa devoción. Ejércitos de cuarentones y cincuentonas recorren plazas y parques al trote, infinitos tratamiento de nutrición aseguran equilibrios vitales y las dietas, por supuesto también están las dietas que cuidan el tan temible colesterol. Y esto es un principio.
  Me atrevo a asociar este fenómeno con el de la toma de conciencia del equilibrio ecológico aunque parezca exagerado, tan exagerado como lo es el cuidado de los cuerpos propios y ajenos enmarcados en el concepto de la Calidad de Vida. Diría aún a riesgo de caer en una generalización, que los modos de cuidado son el indicio de un modo reactivo de “pulsar” el desequilibrio ecológico.
  Del mismo modo que durante siglos el cuidado del cuerpo estaba mal visto o por lo menos ignorado, la toma de conciencia de que el cuerpo es nuestra casa, es equivalente a que la Tierra, nuestro viejo globo que gira, es la casa de todos los que andamos sobre ella.
  Si bien parece esta una verdad de perogrullo, es tan poco probable que la sociedad realice acciones en dirección al cuidado del medio, tanto como lo realiza para cuidar los derechos humanos en los lugares verdaderamente sojuzgados o de resolver la contradicción del requerimiento de la eficiencia de los procesos de producción globales frente a la necesidad de la realización de la individualidad humana.
 N ¿Cuál es el punto de contacto entonces entre éste fenómeno y la cuestión del trabajo? Algunos son generales, y otros puede que sean específicos.
  El trabajo está asociado a la producción de bienes y servicios. Para la realización de unos y otros es preciso contar con fuentes de energía. El concepto físico de trabajo desde el punto de vista del segundo principio de la termodinámica, enunciado en pleno positivismo decimonónico por Sadi Carnot, nos dice que para su realización, es preciso contar con una fuente caliente y otra fría de energía. El trabajo que pueda realizarse entre ambas, deja un residuo en la fuente fría que en un modo más específico significa, que la realización de trabajo implica necesariamente un aumento de la entropía del sistema. En términos menos específicos significa que la realización de trabajo deja necesariamente un resto que será ó no aprovechado como fuente para un nuevo proceso, pero que finalmente quedará como residuo en la fuente fría final del ultimo proceso.
Nuestra Tierra para muchos procesos de interacción con el Universo es una fuente caliente de emisión de Energía que permite que la Ley de la tendencia a la máxima entropía se mantenga en equilibrio. Esto significa en otros términos que la posibilidad de que nuestro planeta sea un emisor, permite “limpiar” sus residuos a otros lugares considerados fuentes frías dentro del sistema universal. En términos energéticos puros,si lográramos enviar todos los residuos que somos capaces de producir al universo infinito, el problema del equilibrio ecológico no existiría.
  Pero nada es perfecto. En principio no todo puede ser visto como principios energéticos puros, luego aún si lo fuera, hay distintos modos de establecer “calidades” de intercambio y por último y lo que es peor, el intercambio con el universo infinito está relacionado con la energía intrínseca de la Fuente Tierra. Esto quiere decir que por ahora las modificaciones de los niveles de energía respecto de la masa que nuestro planeta es capaz de recibir del Sol, más la que tiene acumulada por años en carbón petróleo etc., tiene proporciones acotadas respecto de su emisión extraordinaria. Se entendiende como emisión extraordinaria aquella que naturalmente el ecosistema no habría generado en forma espontánea.
  Por años se supuso que todo aquel hecho natural como erupciones de volcanes, terremotos o cualquier otra forma de emisión de energía no eran hechos de emisión extraordinaria puesto que de por sí, eran hechos naturales por los que la mano del hombre no había intervenido.
  Cualquier emisión en la que el hombre haya intervenido, como una bomba atómica, el humo de una chimenea de una fábrica o la quema del rastrojo en los campos, podía ser considerado de ese modo un hecho extraordinario. Sin embargo, al definir los niveles en juego, podría decirse que no todo puede ser considerado efecto extraordinario.
  Si se tomara el conjunto universo o tan sólo nuestro planeta como objeto de estudio, los hechos extraordinarios pasarían a ser parte de un nuevo equilibrio, entendiendo esto como que integrado, el hombre en su conjunto no modifica variables absolutas. Visto desde ese punto, la acción que el hombre ejerce sobre el medio, podría verse como un hecho “natural”,  entendiendo que el hombre es parte de la naturaleza por lo que es tan natural la construcción que realiza un castor como la ejecución de una represa y por extensión, la explosión de una bomba atómica.
  Pero esa forma parcial de observar el fenómeno deja de lado factores básicos para la vida del hombre. Para la Tierra que el hombre está acostumbrado a vivir y que por el momento necesita, no es suficiente el exclusivo análisis energético de la cosa.
  Mares y ciudades poluídas, basureros atómicos, errores de maniobras en centrales, represas hidráulicas que rompen el equilibrio ictícola y por supuesto, la caza indiscriminada que genera especies en extinción, ponen en peligro un modo conocido de vida hasta el momento.
  A principios de los años ochenta ya fuera de los circuitos científicos, se tenía claro que el problema no era el de encontrar fuentes de energía alternativas al petróleo como por ejemplo la energía atómica o incluso la solar, sino que el verdadero desafío a resolver era la administración de la energía disponible de emitir tal que generara el residuo que la tierra fuera capaz de tolerar.
  No alcanza con realizar los procesos de elaboración lo más “limpios” posibles, sino que el límite verdadero está en la imposibilidad de que el sistema lo tolere por el sólo balance energético puro.
   Esto que ya lleva más de veinte años de trabajo desde los lugares más llanos adaptado a la cuestión ecológica específica y por lo menos cincuenta años desde los círculos más estrechos, encierra una realidad que hasta ahora no se había planteado. El hombre encontró un límite a la expansión de su capacidad creativa que pronto se pondrá en evidencia.
  Quienes manejan las cifras tanto desde los organismos de cuidado de los sistemas, como también desde la industria privada, saben que el dilema está a la vuelta de la esquina. Los niveles de emisión y contaminación han cambiado el clima del mundo y muchas voces aseguran que ciertas calamidades atmosféricas están relacionadas con eso.
  Hay un paso previo a la limitación del uso de la energía y es el uso de la misma del modo menos contaminante, vale decir, considerando que se tome el cuidado en la calidad del residuo. Por ahora ése es un principio de contribución de las fuentes generadoras de trabajo que hacen al cuidado del medio,ya que se está incluyendo en las normas ISO 14000 el cuidado del medio ambiente. De acuerdo a las especulaciones que se realizan en el ámbito científico el segundo paso, que es la utilización de los procesos y de la energía como un bien escaso, está acechando en ciernes. Queda un punto para aclarar al respecto de la limpieza de los residuos. La paradoja se presenta del siguiente modo: Por el hecho de purificar los residuos, es necesario invertir no sólo recursos económicos sino que también, lo que se invierte es energía. En términos concretos, una planta purificadora de agua o de aire, requiere de energía para funcionar, lo que desde el punto de vista ecológico sigue siendo nefasto, ya que lo que se gasta es el gran bien escaso futuro, la energía o lo que es peor aún, el residuo que se produce por la emisión de esa energía de “limpieza”. Por lo tanto, cuanto más se procura evitar el conflicto ecológico, por el otro lado se lo incrementa. Por ahora éste es un límite de hierro que se incluye en el punto de vista filosófico de Carnot.
  Cualquiera sea el hecho hay varias conjeturas que modifican el modo de encarar la organización del trabajo. Consideremos que la computadora produjo una ilusión de eficiencia y de algún modo, colaboró en la ilusión de progreso infinito tan cara al modo de ver la vida desde mediados del siglo diecinueve hasta la fecha, el planteo del equilibrio ecológico viene a poner un freno a tanta comodidad.
  La limitación que el cuidado de la ecología exige, coloca a la humanidad productiva en un dilema hasta ahora desconocido. Similar a la conciencia de la muerte en las personas, el límite ecológico todavía solapadamente, incorpora un ingrediente que modifica el modo de ver el trabajo como extensión al dilema general de la limitación en sí misma.
  Aún frente al conflicto de los misiles soviéticos en Cuba, la humanidad nunca se vio enfrentada a la hipótesis de autodestrucción como hasta ahora. En aquella época, desde la acción directa en las calles, como en las expresiones mediáticas de todo tipo, se reflejaba el miedo y el repudio a un acto insensato de riesgo a la seguridad mundial. Luego de ese episodio pasaron otros que dejaron al conjunto humano en un estadío de acostumbramiento adormecido, adaptado a la posibilidad de la catástrofe. Hace poco, frente a la hipótesis del descalabro de los sistemas (otra vez las computadoras),  también la humanidad sintió el peligro inminente frente al síndrome del 2000. No sólo corría peligro todo el sistema financiero, el de almacenamiento de la cultura y demás, sino que lo que se suponía podía ser el gran riesgo, era que todos los sistemas de misiles y ojivas nucleares, también eran controladas por computadoras. Felizmente hasta ahora, desde aquel enfrentamiento entre titanes que fue el de Kennedy y Kruschoff, hasta el síndrome 2000, la humanidad sigue, junto a los que todavía la acompañan, arriba de esta inmensa piedra giratoria. Pero cada hecho jalona una parte de la memoria colectiva.
  Ahora, es la sola actividad cotidiana la que produce si bien no la catástrofe inminente, una posibilidad de muerte prematura, o quizás y ése es el detalle más engorroso, una vida insalubre limitada cada día más, como aquel que por exceso del tabaco, alcohol o drogas, mina su salud anticipadamente.
  Si bien no es puramente consciente en todos los casos, una pátina de rigor respecto de estas cuestiones se está introduciendo en la actividad humana. Se nota cierto poco apego al objeto de la actividad que se realiza. A pesar de los esfuerzos de muchas organizaciones, por impulsar “cariño” en la tarea y la institución, cierto desamor se pone de manifiesto entre los que participan del trabajo.
  Es cierto que por lo dicho en párrafos anteriores las condiciones en que se desarrolla el trabajo en esta época dista mucho de ser amigable pero también es cierto, que jamás fue un lecho de rosas.
  Sin embargo, una cierta mística hizo posible la construcción de las pirámides y de los principios básicos de aquello que hoy es parte de nuestro día a día, la energía eléctrica, el automóvil, la televisión, la red de Internet. Basta recordar el apego al conjunto que hasta la década del noventa cualquier trabajador hacía de su trabajo. Cierto enamoramiento hacia el producto o hacia el símbolo de la actividad que desarrollaba, el trabajador del nivel que fuere, llevaba un apego a lo creativo del objeto del negocio, de la empresa y de su trabajo.
  Creo a esta altura suponer que ese apego se está perdiendo. A tal punto que en otro artículo describo cierto desdén, por lo que en algún momento fuera fuego de pasiones, las marcas y modelos de automóviles en competición. A pesar de las campañas, los integrantes de las organizaciones, están más preocupados por su propio crecimiento y seguridad, que por lo mismo de la empresa donde trabajan.
  El producto o servicio que vende la empresa, pasa a ser una mera excusa para las compañías, las que analizan la rentabilidad por área y por producto, ya que rápidamente dejan de lado aquello que perturbe la normal política de la empresa. Si bien los objetivos políticos y económicos han primado siempre, hoy más que nunca los objetos que se producen tienen alma de papel.
  También el espacio y el tiempo de una persona en un lugar de trabajo aún en sociedades de trabajo demandado, ha perdido consistencia de seguridad, tanto del lado de la empresa como del que trabaja en ella.
  Da lo mismo para muchos fabricar chocolates que aviones. Desde lo personal se nota un desapego del compromiso con las tareas y con los productos. Los funcionarios que han pasado por entrenamiento en los últimos años en las grandes compañías, quedan preparados para ocupar cualquier puesto en cualquier lado y esa es su mayor capacitación que en general llevan puesta al ser valorados en las búsquedas de nuevos trabajos. La ductilidad para el cambio y la capacidad para enfrentar nuevos desafíos, son los bienes preciados para éste momento.
  A pesar de que hasta ahora en occidente no hemos llegado a los extremos de los trabajadores japoneses de los años setenta, que realizaban huelgas por considerar que los productos que fabricaban estaban perdiendo calidad en haras de máximas rentabilidades, los trabajadores de cualquier actividad hasta los noventa, mantenían un orgullo personal por el objeto o el servicio del que participaban.
  Esta sensación se sostuvo aún en plena lucha obrera de la primera mitad del siglo veinte. El orgullo por el oficio y el trabajo era un clásico de las reivindicaciones clasistas y si bien el trabajo organizado ha tenido cambios, algunos expresados en párrafos anteriores, creo que buena parte de la modificación en el interés por la actividad, tiene que ver con el conocimiento subyacente, de la responsabilidad que las sociedades más desarrolladas tienen del deterioro progresivo al que se expone nuestro planeta.
  No pretendo decir aquí que un trabajador del acero alemán o un ejecutivo de las finanzas inglés, se rasguen las vestiduras porque tomaron conciencia de que su trabajo ensucia su casa, nada de eso. Pero cierta parte de la verificación del colapso ecológico influye en el inconsciente colectivo donde están insertos produciendo cambios en las conductas ligadas al trabajo y a la producción.
  No olvidemos que la dorada década de los sesenta produjo los movimientos pacifistas que rompieron con las reglas de la moral y de las buenas costumbres que hasta ese momento sostuvieron a occidente, incluso corrieron el eje de las luchas sociales por valores diferentes. El final de la década que jalonaría los acontecimientos del 68 con la imaginación al poder en París ó las luchas revolucionarias de distinto color en América, buena parte tuvieron que ver, con la consciencia de la autodestrucción que generó la experiencia de Hiroshima y Nagasaki y la lucha de la guerra fría con el acontecimiento de Cuba y los misiles.
  La presencia del límite irá proponiendo nuevos caminos alternativos a la Ilusión de La Eficiencia rompiendo la apatía que en esta época propone la actividad humana.
  Surgirán nuevos desafíos superadores al del mercado actual que exijan a la sociedad emprendedora hoy claramente pautada en occidente, a enfrentar el desafío nuevo de las próximas generaciones y seguramente tendrá que tener en cuenta el uso de la energía como bien escaso y de la tierra como fuente fría limitada.
  Por otro lado, nada está dicho respecto de los nuevos acontecimientos que vendrán, tanto en el terreno de los equilibrios de fuerzas entre los actores readaptados del trabajo y de sus también ajustados contratadores, como los nuevos usos de la computación, comunicación y elementos superadores. Quizás, el nudo de mayor dificultad en tanto y en cuanto el hombre siga produciendo en su planeta sea el último, ese que hoy parece intrascendente para los actores del poder político, económico, y de las representaciones del trabajo, pero que pone el verdadero límite a la condición humana respecto de su medio.
   La cuestión asociada al trabajo en lo referente a la expulsión creciente de población de puestos de trabajo sumada a la falta de cuidado por los resultados indeseables de un uso irracional de la energía hace suponer que la humanidad se mueve en direcciones contrapuestas a la supuesta razón.
  Para poder ver algunos fenómenos sociales como el descripto, podemos hacer uso de un instrumento conocido llamado tensor, que no es mas que una matriz multidierccional de vectores que representan la direccionalidad de cada tema a analizar. Es un instrumento matemático algo complejo ( cada vector está representado por una ecuación diferencial de varias variables) que se utiliza entre otros, en el estudio de las fuerzas en su interacción. La interpolación de los aportes de la física a los procesos sociales no va a ser el único en este trabajo.
  Es a autonomía espontánea de los acontecimientos, una vez ocurridos, suele explicarse desde las justificaciones que las teorías del comportamiento humano conoce, como también por asociaciones a conceptos fenomenológicos similares, tal como expreso en el párrafo del tensor.
  Este preámbulo viene a cuento de suponer que el modo espontáneo de la utilización de los recursos productivos y del cambio del uso de los factores de poder, orilla los límites del universo en el que están inscriptos. Vale decir, que hasta que no se agota el estímulo que se interrelacione con los otros y el modelo de interrelación que se incorporó como ley, nada puede ser interrumpido por el mero albedrío de los que son parte. Estos procesos se disparan y son disparadores en reacción en cadena con otros, en un ciclo iterativo no convergente. Es decir, que si bien es posible interpretar la tendencia, nunca puede definirse ésta como definitiva ni asegurar su convergencia final, ni tampoco, la dirección posterior que la supere. Por otra parte, los mismos factores sociales citados, son actores de ese proceso por lo cual, no tienen distancia operativa para que puedan ser modificadores de esa tendencia vectorial a la cual pertenecen. Podemos citar para agregar otras similitudes físicas, el concepto de acción y reacción propuesto por Newton. Cada vector que interviene en ese proceso, genera como contrapartida otro complementario, que visto desde el vector generador genera pautas reactivas de tendencia equilibrante. La construcción de ambas figuras produce una tercera que la diferencia de las anteriores en un cuantum establecido de carga y así sucesivamente se va armando la matriz.
  Volviendo a lo concreto se podría citar que la computación y la racionalización de los recursos, permitiendo que más bienes y objetos sean resueltos por menos personas, no trae un cambio formal del modo de resolver el trabajo en las sociedades.
  Cuando las primeras computadoras comenzaron a funcionar a fines de la década del cincuenta, se suponía que la humanidad bajaría la carga horaria destinada al trabajo, la que sería reemplazada por robots y proporcionaría mayor tiempo libre a las personas para otras actividades. Sin embargo, pasado un tiempo y por todo lo observado, la tendencia no parece ir en esa dirección.
  La reacción a la supuesta eficiencia ya fue desarrollada anteriormente y la respuesta a diferentes formas de equilibrio, con el cuantum establecido también fue citado, por ejemplo al hablar de la necesidad obligada del uso de la informática por todos los niveles o la paradoja del incremento inimaginado del consumo del papel. El resultado del manejo espontáneo de la mayor producción de bienes y servicios disponibles, es la utilización en expansión geométrica de la energía y su posterior conflicto entrópico.
  Si nos remitimos al concepto de Entropía como la probabilidad de ocurrencia de un fenómeno, podemos afirmar que una partícula de agua en el punto superior de una catarata, tiene una probabilidad determinada de caer por la cascada al lecho del río que la espera en su cauce. Esa situación de inevitavilidad de los hechos, colocada en paralelo con el tema de la energía y del trabajo, nos hace suponer que el tratamiento serio del problema ecológico, deberá llegar a situaciones límites hasta que la humanidad se fuerce a soportarlo. En otros términos, no es posible conocer hoy a priori cual va a ser el mecanismo que se pondrá en juego para producir esa matriz, donde el cuantum diferenciador debe ser necesariamente limitador de la acción. Cuanta mayor acción hasta ahora, implica mayor consumo energético y más aún cuando como ya se ha mencionado, se intenta “limpiar” la energía. Podemos observar un primer vector en este inicio del siglo veintiuno en las respuestas contrarias a la globalización desde los lugares y los enfoques diferentes. Otro segundo vector que ya ha producido un enfrentamiento con el límite, es la lucha por evitar la propagación del SIDA. Y por supuesto, el trabajo sistemático que vienen desarrollando desde hace más de veinte años, los grupos ecologistas desde sus diferentes posturas.
  Quizás, el ataque a las Torres dispare además directrices negativas otras variantes al respecto, no es posible hoy saberlo y aún queda un largo camino por recorrer, sin dudas, ese mundo inundado de ocio que esperaba aquel final del modernismo de mitades del siglo veinte, para el siglo veintiuno haya quedado olvidado en el camino. Por el contrario, el límite al trabajo es cada vez más lábil en la medida que azorada la sociedad, no logra adecuarse a las imposiciones de las nuevas variables. A pesar de la inmensa disponibilidad para la producción de bienes y de servicios, el mundo del ocio está cada vez más lejos. Si pudiéramos retratar los vectores de la ilusión del ocio por ejemplo y el de la necesidad de dar respuestas laborales, veríamos que se dirigen a lugares con tendencias divergentes. ¿Acaso el ocio humano es una condición ajena a su ser intrínseco? Trabajosamente la historia nos ha enseñado que las sociedades que accedieron al ocio, fatalmente transitaron la curva de su decadencia hasta en muchos casos, la de su desaparición.
  Hace más de veinte años un ecologista argentino expresaba estos conceptos desde su cátedra de la Facultad de Ingeniería de Buenos Aires. Me refiero al Ing. Jacobo Agrest. Se preguntaba ese gran maestro, en que lugar de la curva estaba situada nuestra humanidad. Estos conceptos de entropía –estropía eran vertidos con su singular brillantez y particular verba y conocimiento. El punto en cuestión a que se refería, era al de la curva de crecimiento de las sociedades realizadas en laboratorios con moscas en botellas.
  Explicaba el profesor, que estudios del comportamiento de las sociedades se realizaban con simulaciones varias. El experimento consistía en colocar una masa mínima crítica de moscas en un volumen acotado, una botella por ejemplo. La curva de crecimiento demográfico dentro de la botella, obedecía casi en una copia rigurosa, al que experimenta el acero sometido a la tracción en la llamada Ley de Hook. Para los que conocemos la curva del comportamiento del tan noble metal, sabemos que el acero sufre un estiramiento elástico al principio muy prolongado de comportamiento lineal. Posterior a ese momento, al seguir aumentando la tensión, comienza el estiramiento sin retorno en un período llamado de fluencia, donde la relación fuerza – estiramiento dibuja una especie de serrucho horizontal inaugurando la parte de la curva donde los estiramientos ya son superiores a la fuerza, para llegar a la última etapa, donde a pesar de que se reduce la tensión, el estiramiento es inevitable hasta llegar a la rotura.
  La observación con la población de las moscas es la siguiente. Un primer período de crecimiento lineal, un segundo período donde el crecimiento se detiene y mantiene un flujo de población estable oscilante entre valores máximos y mínimos, para luego caer a un descenso inevitable y continuo hasta llegar a la desaparición total de la población.
  Otra similitud aplicada a la curva del acero se sugiere con el comportamiento que tiene ese metal cuando se interrumpe el ensayo en los diferentes momentos de las tres estaciones. La barra de acero en período elástico cuando mantiene un comportamiento lineal, al interrumpir la carga que se la somete, vuelve al punto anterior, es decir no guarda memoria del hecho. De realizar la interrupción en la fluencia y aún en el primer período creciente de tensión – deformación, la barra ya no guarda las mismas dimensiones y su resistencia física elástica aumenta hasta el punto en que se detuvo el ensayo por lo que si se la somete a un ensayo posterior, el período elástico se incrementa tanto cuanto se la estiró. Por otra parte, el material se endurece, la curva se “empina “, lo que significa que se requiere mas fuerza para lograr las mismas deformaciones que antes de la experiencia. Esta característica se llama “acritud”, tiene como ventaja una mayor resistencia, pero a cambio el acero pierde la fluencia, significa que llegado al punto de someterse a la carga superior al de la interrupción del ensayo anterior, la barra se deforma hasta el colapso, ya sin el aviso de la fluencia y con un desenlace más rápido.   
  Don Jacobo Agrest en sus cátedras de las mañanas de los sábados se preguntaba en que punto de la curva se encontraba la humanidad en aquel momento, donde la lluvia ácida y el efecto invernadero se habían instalado definitivamente. Asociaba la pregunta en relación al vínculo con la energía a que la humanidad se sometía. Para esa época, pese al respeto que por él todos profesábamos, entendíamos que de algún modo, no hacía más que proyectar esa pregunta frente a su destino próximo que inevitablemente le acechaba la vida. Por fortuna, he llegado hasta la fecha en que escribo estas líneas donde si bien todavía estoy lejos del momento vital donde el sabio pronunciaba esas palabras, tengo la distancia suficiente como para comprender su sabiduría con menores prejuicios.
  El paralelo en el análisis del profesor se basaba en las curvas de la utilización de la energía comparadas a las de funcionamiento de la sociedad de las moscas en la botella. Veremos que ese modo de interpretar el corte de la matriz tensorial es poco inocente.
  Para la época, el crecimiento del consumo de la energía se mantenía creciente a lo largo del tiempo. No obedecía a un comportamiento exactamente lineal, pero se lo podía interpolar a los efectos de su interpretación. En los finales de los años setenta, la pregunta que se hacía el anciano sabio, era a que distancia del período de fluencia se encontraba la humanidad respecto del uso de la energía. Hoy, cuando el tema está instalado, podemos suponer que si bien pueda no ser éste el momento, la fluencia debe estar cercana. Surgen de inmediato más interrogantes que respuestas respecto de este modo de ver las cosas:
  Como el viejo maestro, hoy nos podríamos interrogar ¿Es posible interpretar esa divergencia de la abundancia de los recursos respecto de la insatisfacción de las necesidades sociales como una posibilidad de que la fluencia ya haya sido superada?. ¿Es posible que un uso racional de la energía coloque a la humanidad en un estado de acritud?. ¿Podemos interpretar que las modificaciones permanentes del ecosistema nos indicaran que se superó el período elástico?
  Volviendo al tema que nos ocupa, ¿Qué influencia en el mundo del trabajo tiene este factor?
  Ya se ha citado que la energía y su uso es la base fundamental del universo del trabajo. Toda modificación en relación a ella, gravita en los diferentes vectores que forman esa matriz.
  Por ejemplo, el viejo dicho que reza “lo que no te mata te fortalece” ¿estará ligado al concepto de acritud?. Se supone que cuando se menciona esa frase se tiene presente hechos que modifican la historia de los involucados, por lo cual lo que no mata es lo suficientemente doloroso como para cambiar alguna posición supuesta de equilibrio, pero sin llegar al límite de la rotura.
  El fortalecido sale de esa situación con una nueva propiedad de acritud. Aumenta su fortaleza pero también su fragilidad. Es curioso y sugerente la utilización de la expresión resiliencia apareada con conceptos del modo que hoy presento la de acritud. La resiliencia por definición, es la capacidad medida en términos energéticos que los materiales tienen para absorber el impacto. Volviendo a Newton, la ecuación que liga al impacto con la cantidad de movimiento, generó el concepto de resiliencia, la que suele medirse con ensayo de nombre Charpy-Darcy que obliga a un péndulo calibrado a impactar sobre una probeta normalizada. El desvío que el péndulo realiza  luego del choque, tiene una relación energética medida en Joules, que determina el grado de resiliencia del material. Asociada a las ciencias sociales, la resiliencia es la propiedad que tienen los grupos humanos para absorber situaciones límites. Se considera que pequeñas situaciones de conflicto, incrementa la resiliencia o lo que es lo mismo, la capacidad para absorber situaciones límites. Lo curioso del hecho es que, la utilización de la expresión resiliencia no expresa los precios que por esa fortaleza deban pagarse. Para los metales, habitualmente la acritud baja el nivel de resiliencia ya que los metales con mayor ductilidad poseen mayor capacidad para recibir impacto.
  A diferencia de lo que se propone para las ciencias sociales, en los metales la resiliencia es una propiedad que se logra con tratamientos térmicos de cuidado para eliminar tensiones, como por ejemplo el normalizado y el recocido, que son tratamientos térmicos que se realizan en el acero para aumentar la resiliencia, todos ellos son pasivadores de acritud, la que se obtiene por procesos de tensión de deformación del grano metálico o macla.
  Cada situación límite o por lo menos de cierta tensión, colocan a las personas en estados antitéticos a la resiliencia. Diría que una persona posee mayor resiliencia en los primeros momentos de su vida a partir de lo observado en algunas catástrofes por la capacidad de sobrevida que se observa en los bebés a pesar de su fragilidad. Poseen mayor resistencia al hambre y a la falta de oxígeno respecto de los mayores. De modo que la acritud implica que las fortalezas obtenidas a partir de situaciones límites superadas, otorgan resistencia y fortaleza a costa de la ductilidad.  
  Los actuales manuales de uso del trabajo poseen modos operativos con aparente ductilidad, son sólidos y eficientes. Habrá que esperar para ver en que medida podrán adaptarse sin quebrantarse frente a situaciones que los superen en tensión. Del mismo modo las relaciones laborales a partir del encuadre del cliente interno, tendrán que ser observadas para analizar su comportamiento cuando sean sometidas a variables superadoras de ese contexto, que sabemos que la condición humana va a producir.
  Y finalmente, frente al desafío de la administración de la escasez de la energía,

habrá que estar atentos a la caída de la ilusión de la eficiencia, su posterior repercusión y las de las respuestas que se puedan imaginar en ese contexto.

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