lunes, 3 de febrero de 2014

Bienes o servicios


  Los servicios como parte de las ofertas de trabajo existen desde el momento mismo que se ejecutó un bien. Basta recordar que el más antiguo de los oficios que se conoce en la historia del mundo corresponde a un servicio, pero sólo en los últimos veinte años del siglo veinte, los servicios cobraron la vigencia primordial que hoy conocemos.

  Nadie desconocía que era más sencillo obtener carrera estratégica en el área de comercialización que en las de proyecto. Sin embargo, los manuales de calidad, el estudio de las estrategias en áreas como logística y distribución, la ya citada comercialización, el estudio de climas de trabajo y por supuesto, la estrella del momento la sistematización y sus ofertas operativas, han dado respuestas novedosas al mundo del trabajo.
  Los esfuerzos invertidos en perfeccionar la producción de bienes es hoy sensiblemente menor a los que se dirigen a los servicios directos. Por otra parte, ya no se acepta el reduccionismo de los años setenta, donde se pretendía mostrar como producto un servicio. Para aquella época se productivizaba el servicio de modo de trabajar en él, ya que no se conocía otro modo de objetivar el tema a estudiar. Se lo transformaba en un objeto y de ese modo era más conocido el camino para el estudio de los modos de comercialización o de los ajustes de calidad por dar algún ejemplo. Hoy queda claro que el servicio es una oferta estratégica del nivel de estudio en sí mismo tal es así, que superó al producto en la generalidad de los casos, tanto en el poder relativo como en los márgenes de rentabilidad.
Si bien las marcas de los productos siguen siendo relevantes, hoy nadie duda del poder de comercialización de las redes que a esta altura suele ser superior a las marcas mismas.    
  La prueba evidente son los supermercados quienes han obtenido alto poder de negociación en las transacciones donde por ejemplo, es primordial la ubicación relativa dentro de la góndola.
  El punto en cuestión de servicios y productos y sus zonas grises queda más expuesto en el manejo de la informática y de las PCs. Podemos decir que con la mirada de los años setenta, los software hubieran sido claramente un producto, pero hoy si bien podría verse desde esa óptica, es el servicio que ofrecen lo que les define su característica. En un modo aclaratorio podemos decir que un camino puede verse como un producto ya que el servicio que ofrece para la seguridad y la velocidad de los vehículos que circulan por él, es su característica. Claramente desde este espacio consideramos que el automóvil es claramente un product, dada la singularidad de aquello que lo condiciona y que el camino es claramente un servicio por las mismas causas. Para ampliar el concepto decimos que nadie compra un automóvil porque lo pueda trasladar con mayor eficacia de un sitio a otro sino por las singularidades propias del mismo que lo hacen más atractivo que otro que compita con él. Si tuviéramos que comparar los diferentes productos que se comercializan por los servicios que ofrecen casi no habría diferencia. Todos los automóviles de su tipo llevan a la gente de un sitio a otro en condiciones similares, todos los televisores de su tipo dejan ver los programas casi del mismo modo. La diferenciación de cada marca en cada franja del mercado construye pautas que son intrínsecas al producto y no al servicio que ofrecen.
  Los servicios por el contrario marcan sus diferencias en la facilidad con que se logran los objetivos que se pretenden cuando el usuario los aborda y ése es el enigma del momento a dilucidar.
  Es evidente que la urgencia en la resolución de la fabricación de productos hoy está resuelta. La problemática está planteada en el modo en que esos productos lleguen a los usuarios sean éstos consumidores directos o partes integrantes de la cadena de elaboración.
Del mismo modo que hasta los setenta se productivizaba un servicio para poder trabajarlo desde una óptica “racional”, hoy se servicia los productos para evaluar su “amigabilidad”, vale decir la capacidad que ellos proponen para la facilidad de su uso.
  El mundo de la computación ha colaborado para esa óptica de ver los problemas. De todos modos vale preguntarse en este punto, dónde estuvo primero en esta problemática si el huevo ó la gallina. Quizás, el mundo de la computación vino a dar respuestas que la humanidad estaba requiriendo, este es el punto vectorial de los encuentros.
  Este aporte  como casi todo no permanece estático. Los productos cada vez más estarán siendo influenciados, por esta forma de proyectarlos y en su resolución, aparecerán dificultades nuevas que habrá que sortear y la preocupación nuevamente volverá a ellos.
  Aún así no podemos dejar de lado la situación planteada para una radiografía de época. Tiene un lugar de privilegio el software respecto del hardware, es primer negocio del mundo el entretenimiento cuando hace veinte años lo era el petróleo o el acero, está prevaleciendo el esfuerzo para el financiamiento de una cosa que la cosa en sí misma. El tema del dinero y su complicación en el mundo de las sociedades es lo suficientemente rico para evaluarlo desde múltiples aspectos. Pero en lo que respecta al trabajo tiene una importancia gravitacional ya que es la primer excusa formal que genera el trabajo. Los bancos por lo tanto ocupan un lugar de relevancia entre los servicios. Quizás, por ser éste uno de los servicios más antiguos de los reconocidos del mundo, tiene un privilegio por su añejamiento que le ofrece tranquilidad y sabiduría.
  En estos tiempos los bancos afloran como los reemplazos de los espacios que están dejando vacantes los estados en su reducción de funciones. A través de las múltiples actividades que los bancos desarrollan participan de la vida cotidiana de las personas en cada vez mas lugares. Administran las jubilaciones, proponen seguros de vida, retiro y capacitación, construyen carreteras y cobran los peajes por su uso, administran el modo de uso del dinero a través de cupones de comida, tarjetas de crédito o de pago electrónico y dada la importancia de lo imbricado de la actividad humana, han cobrado peso específico en las políticas de los países a través de los financiamientos de las deudas de los estados en una proporción superior a lo conocido hasta la fecha. Sin entrar en cuestiones mas generales, el sólo hecho de que empiecen a aparecer tarjetas de crédito con la foto del usuario abre el camino de la garantía de la identidad del que lo otorga.
  Los bancos en suma han demostrado que los servicios estaban para mucho más a lo que los tenían relegados la humanidad. A tal punto llevan la delantera, que vuelven a utilizar el término producto para nombrar evidentes servicios. Es curioso como han dado una vuelta al tema y “productivizan” servicios tales como créditos hipotecarios, seguros de diferentes tipos o cuentas corrientes con tarjetas asociadas.
  Nada está escrito por lo tanto en esto de los servicios y productos o de algún modo, cada día se escribe algo nuevo que alimenta a los vectores funcionales.
  Pero es posible que el incremento del mundo del servicio también esté asociado a la respuesta de la limitación al uso de la energía.
  La necesidad del hacer como eje de la organización de la vida de las sociedades, ha macerado este modo de organización donde el trabajo tiene su lugar indiscutido y omnipresente. Imaginar una sociedad ociosa es hoy absurdo y como se planteó antes se la supondría decadente de modo terminal. Por lo tanto sería deseable que la humanidad deje de producir objetos de alta obsolescencia a corto plazo ya que la necesidad de producirlos, pierde importancia a partir de que los servicios darán la suficiente cabida a la necesidad de organización que desde el trabajo se requiera.
  Este modo de ver el tensor del trabajo por llamarlo de algún modo, o sea la matriz de los infinitos vectores multidireccionales que hacen a ese universo, suponen que la energía humana que se requiere en cada momento de la humanidad en la organización a partir del trabajo, es finita y acotada a cada momento. Por otro lado, la respuesta que ofrece ese universo a la humanidad,  también tiene la dimensión de las propuestas que las sociedades producen. Los desequilibrios entre esa necesidad de trabajo y la respuesta que la sociedad recibe, suelen situarse en los espacios temporales de fuertes cambios sociales que habitualmente producen dolor y desolación a quienes lo padecen. Desde acá sabemos que el universo del trabajo, no es más que una respuesta a los otros universos que como vectores, hacen al tensor universal que debe regir nuestras vidas.
  Pero desde el punto de vista de la ecuación entrópica como eje del problema ecológico, es posible que el corrimiento de la utilización de esa energía finita destinada al trabajo en áreas de servicios, pueda llevar a una convergencia entre la energía humana citada para el trabajo y las necesidades de actividades lo menos energo intensivos posibles.
  Este modo automático de la respuesta a la frustración de la humanidad a la utilización infinita de la energía acumulada en la tierra por siglos o por cualquier otra extraída de otras fuentes, puede ser que potencie actividades donde la energía humana demande menor energía ajena a sí misma.
  Quiere decir que, si para la vida cotidiana cada persona utilizara menor energía respecto de la que genera desde su propio ser, la ecuación del requerimiento del espacio finito del trabajo versus energía consumida podría ser mejorado. Por ejemplo, si la gente no necesitara viajar cotidianamente con medios de gasto energético para su vida o si se trasladara el puesto de un obrero que utiliza una máquina que consume determinada potencia a un trabajo social que no demandara energía específica, la energía neta de trabajo personal versus excusa para ocuparlo, estaría un cuantum por debajo de la situación previa.    
  Para el primer caso bastaría que las organizaciones del trabajo ofrecieran actividades en sitios cercanos a las localizaciones urbanas o más aún, lograr que muchas actividades puedan ser ejecutadas desde los hogares. Para el segundo caso, la situación podría tener diferentes aristas de análisis.
  Lo que se cita es, la transferencia de los trabajos para la producción de bienes obsolescentes en la producción de servicios y la fabricación de bienes duraderos que luego se reparan. El punto a evaluar es que los bienes deben seguir siendo producidos, sin embargo, la óptica  para la producción de esos bienes puede variar sensiblemente.
  En primer lugar hoy se producen bienes de alta obsolescencia a costos cada vez más bajos, fruto de la escala de producción y de la concentración y especialización de cada fabricante y de cada producto. Muchas de las obsolescencias no suelen ser técnicas sino por efecto del trabajo permanente del merchandising que propone modas y modos de permanente inyección de productos. Desde los sesenta se viene cuestionando ese modo de manejo del mercado con esa expresión tan trillada y conocida como  “sociedad de consumo” la que define a aquella sociedad empujada por la necesidad de colocación de más y más productos.
  El modo de comercialización desde esa época se fue sofisticando, se fueron aumentando cada día más las sutiles formas de incrementar la producción de bienes y por consiguiente el consumo de los mismos. La mayoría de los productos de uso doméstico no han mejorado sus bondades técnicas sino por sutiles cambios, muchos de ellos de orden ni siquiera funcional o estético. La sociedad occidental se ha acostumbrado a tirar a la basura y por ende a no cuidar los productos, ya que su reposición es muy facilitada y el valor intrínseco de cada uno degradado. Objetos que generaciones enteras cuidaron y se pasaron de padres a hijos como relojes, colchones, muebles de todo tipo, hoy son tirados por la ventana para la basura o para una circulación comercial marginal, que no supera más que un circuito para acabar definitivamente en la basura. Aquellos que vivimos en países periféricos, aceptamos ya naturalmente la destrucción de automóviles de antigüedad mayor a diez años, cuando hasta hace muy poco, ese era un objeto de culto, cuya destrucción sistemática era impensable.
  La tecnología no ha ofrecido cambios sustanciales en la mayoría de los objetos de uso cotidiano en la última década, sin embargo, suele ser más costoso reparar un objeto que su recambio. El mundo del trabajo ha resuelto con producción de bienes la dificultad de la respuesta en el servicio de la reparación.
  Pero la matriz está viva como la humanidad misma está viva. Si se potenciaran los servicios y su requerimiento de comercialización, es posible que los servicios de reparación “empujen” a la elaboración de productos cada vez más valiosos y de cada vez más difícil reposición.
  Esto que se plantea del interjuego de los intereses por otro lado, daría una respuesta a la traslación de ejecución de un producto a un servicio cuya ecuación de balance neto energético suele ser menor. Es decir, si tomamos en cuenta que hay una cantidad finita de consumo de energía, ya que la Tierra sólo puede absorber una cantidad de ella como fuente fría sin desequilibrios importantes, realizar servicios que suplan la realización de bienes, parece una solución espontánea de la humanidad.
  Desde el uso de un objeto esta ecuación se muestra del siguiente modo. Un electrodoméstico ofrece un servicio por tres años, luego es reemplazado por otro de similares características por rotura u obsolescencia. En un período de nueve años, sería necesaria la fabricación de tres electrodomésticos para dar respuesta a una utilización única en un mercado que no creciera. La energía neta para fabricar un aparato que no modifique sus prestaciones y consumo en ese período, es la misma que producir el primero de alta vida, vale decir que la humanidad se ahorraría las dos tercias partes de ese consumo. Por otro lado, el servicio de reparación de ese bien, significaría una energía por unidad de producto muy inferior a esas dos tercias partes vacantes. La energía humana para producir esos dos productos que se dejaron de fabricar, es mucho menor que la necesaria para repararlo por lo que de ese modo, la ecuación de balance neto beneficia al sistema ecológico.
  Ya se están observando fenómenos interesantes que pueden inferir esta tendencia. Hace más de un siglo apareció la teoría, de que el hambre en el mundo aumentaría exponencialmente, ya que la producción de alimentos aumentaba en modo lineal y el crecimiento poblacional de modo geométrico. La respuesta a ese desafío es conocida y hoy sabemos que el mundo sigue con hambre en proporciones similares a la época en que se formuló esa máxim, y no se lo reduce por otros motivos que no son la capacidad técnica de responder a ese flagelo de la humanidad. En términos concretos, si por técnica fuera, la humanidad estaría en condiciones de alimentarse o sea que el hombre desarrolló técnicas lo suficientemente ajustadas para lograr ese objetivo.
  Sin embargo, la humanidad sigue padeciendo hambre en proporciones oscilantes cada vez mayores en este momento. Los mercados producen alimentos cada vez más baratos y a pesar de eso, no es el producto en sí el que se lleva la parte mayor del costo, sino que otras áreas como la comercialización ó embalaje que priman sobre el resultado económico final.
  De modo que al final de la cadena hay un consumidor que retira de una góndola de supermercado, el alimento que calmará sus apetitos. Ese consumidor elige sus alimentos y exige calidades. En los últimos tiempos, cada vez más consumidores se inclinan por productos realizados naturalmente, con los menores productos ajenos al modo natural de elaboración. De ese modo, primero tibiamente y luego cada vez más intensamente, productos de tipo ecológico fueron ofertados a cada vez más consumidores.
  La elaboración de esos alimentos requiere de mayor espacio físico y suele tener menor rinde, se necesita mayor energía humana por unidad de medida de producto, pero no mayor cantidad de energía neta, puesto que no necesita pesticidas ni procesos transgénicos.  
  Requiere mayor cantidad de personas trabajando ya sea en su producción, como en el control que garantice su calidad.
  Si la tendencia o por llamarla de un modo marquetinero, si la “moda” natural se instalara como cada vez parece que ocurre, ya que las personas han adoptado la “moda” del cuidado de sus cuerpos a través de la gimnasia y el yoghurt, es posible que los productos que no fueran ecológicos pierdan tal nivel de valor que los haga inviables en la red de comercialización, ya que aquellos que son capaces de invertir en saciar sus apetitos, sólo lo harían exigiendo productos que no alteren su tan mimado cuerpo. Tal como ha ocurrido en todos los tiempos, nadie produce para quienes no pueden elegir lo que comen. De modo que quizás, los alimentos producidos por productos químicos como hasta ahora, es posible que pierdan peso como negocio.
  La calidad de los alimentos se aumentaría por el mero hecho de un pedido del mercado y la energía neta de su realización en función de la energía humana por unidad de producto bajaría.
  Este tipo de actitud de los mercados y la respuesta del mundo del trabajo, no es más que aquel intercambio de vectores, muchos de los cuales no es posible ser descubiertos aún cuando están presentes frente a nuestras narices.
  Hasta la primera mitad del siglo veinte, la sociedad inglesa se jactaba de realizar productos que no cambiaban con el tiempo. Un automóvil inglés variaba lentamente cada lustro y sólo ocurría por el peso que los cambios que la industria automotriz resolvía en esos períodos de brusco incremento de la tecnología. A pesar de eso los modelos antiguos aún sin la mismas prestaciones de los más modernos, eran venerados por sus bondades míticas. Ese modo de valorar los productos estalló junto con el imperio después de acabada la Segunda Guerra Mundial. De todos modos, Inglaterra siempre guardó cierto recato por sus productos y por el cuidado de ellos.
  Recuerdo el orgullo de mi padre y de sus cogeneracionales por zapatos o corbatas de más de diez años. Una cierta moda de lo inmediato se contagió para esta época hasta en la decoración de los lugares de comidas, de hoteles, de lugares de espectáculos que pierden vigencia en pocos años. Una sensación de ambientación escenográfica nos rodea en los lugares donde nos esparcimos o realizamos nuestras compras, incluso las primarias. A pesar de que las imágenes pierden vigencia con rapidez, éstas se suceden en reiteradas vueltas iterativas con sutiles mudanzas que producen sensación de cambio. La humanidad en su conjunto continúa procesando el caudal fabuloso que produjo la cultura universal del siglo veinte. No sería extraño entonces, una vuelta a ciertos valores del cuidado de aquellos objetos que hacen a nuestra vida privada y hasta un retorno a un nuevo modo de puritanismo ya que de este modo, las sociedades calman la ansiedad que propone lo relativo.
  Con el cuantum que otorga esa modificación, un retorno a los valores absolutos otorgaría una primacía en el valor absoluto del producto con el aval de los servicios, garantizando la calidad y la prestación del bien. 
  Este nuevo modo de resolución exigirá la respuesta de los líderes políticos, ya sea en el juego de los valores de los contratos de oferta laboral como de la libertad de los nuevos servicios de contralor que las sociedades propongan. Ya vimos que los bancos han ocupado una buena parte, por otro lado aún no se han citado, pero las ONGS también han recorrido un largo camino en ocupar los espacios que los estados han transferido al esfuerzo privado.       
  Quizás, las actuales organizaciones privadas de control de calidad encuentren su hora, ya sea para garantizar los procedimientos inscriptos en las actuales normas ISO o como por extensión también, permitan pautar las necesidades cada vez más exigentes de los mercados.

 

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