Volvamos al profesional ad honorem o al jugador amateur. Quizás a mí
mismo frente a esta máquina en este preciso momento donde pulso las teclas que
producen este artículo.
Podemos encontrar innumerables motivos
por los cuales estos actores trabajan sin esperar a priori dinero a cambio.
Puede ser el deseo de gloria o la trascendencia en el jugador y en el escritor,
quizás también el deseo mítico de proyección mesiánica en el trabajador de la
salud. Podemos buscar otros motivos, incluso pueden tener una carga de interés
económico por la posibilidad de pasar a ocupar equipos profesionales en el
jugador, los vínculos y la experiencia en el trabajador de la salud, y por que
no, el éxito editorial en el escritor. Pero en todos esos casos no existe una
relación inmediata con el dinero. Hay un grado de albedrío mayor en esas
actividades porque uno de los vínculos de la parte del contrato que sostiene un
factor de poder está ausente. Es importante detenerse en este punto porque
puede dar una pista una vez que la ausencia de la excusa superior del trabajo
está ausente y nos deja un campo más abierto para la observación.
En todos los ejemplos citados aparece en primera instancia el deseo.
Luego posteriormente a ese factor, se enuncian otros motivos, quizás tan
valederos como el primero.
Pero esas personas realizan sus trabajos, sin que medie a priori ninguna
urgencia ligada a su supervivencia. La resolución de esa actividad, aún con las
fatigas desplegadas, es posible que le produzca placer, sin que necesite
medirse con resultados económicos o con exigencias estructuradas en límite de
lo vital. Sin embargo, ya vimos que esas actividades en esas condiciones, no
están carentes de la tensión implícita que propone la actividad humana, pero
hay un factor equilibrante de esa tensión y que potencia cualquier
emprendimiento, que es la resolución del cumplimiento del deseo.
Quien logre administrar la actividad que realiza en la dirección de sus
deseos, es muy probable que obtenga logros significativos a iguales condiciones
de limitaciones. Quiero decir que los factores internos como externos que
limitan el camino del cumplimiento del deseo no están en discusión por ahora,
simplemente menciono que es mejor el tránsito por ese camino que por cualquier
otro, considerando el eje del logro el objeto del trabajo en sí mismo.
Planteo el problema al revés. Si el objetivo es el de mover una inmensa
piedra y sólo se cuenta con la fuerza humana y una soga, seguramente la
productividad en la tarea será espontáneamente mayor, si los que intervienen en
la acción tienen su deseo depositado en ese logro. Así, la energía que se
necesita para la activación externa, será infinitamente menor y hasta quizás
nula. La carga de tensión por los roces que aparecen en la renuncias del
albedrío seguramente será menor porque el deseo prima por sobre los intereses
individuales de los que participan. Los liderazgos naturales aparecerán con más
legitimidad dado que no llevan la carga implícita de lo inauténtico, situación
extrema que se manifiesta cuando lo único que se pone en juego es el liderazgo
y es el único plano de búsqueda de cumplimiento del deseo.
Ahora bien, tanto en el plano individual como en lo grupal, la detección
del deseo es un trabajo en sí mismo. A
un gran industrial argentino se le atribuye el concepto siguiente, no puedo
citar los términos exactos pero sí su concepto general ” cuando alguien me
propone un negocio, lo primero que intento descubrir es si está enamorado del
producto. Si descubro que el proponente no está enamorado del producto,
descarto el negocio de plano por más que parezca excelente. Quien no está
enamorado del producto, es difícil que llegue a buen puerto”. Este concepto lo
manifestó Roberto Rocca, que durante muchos años fue presidente del grupo
Techint, el más poderoso de la tecnología en la Argentina y una de las pocas
multinacionales de ese origen que hasta hoy subsisten.
No es un concepto individual el del enamoramiento en relación al
producto o al servicio que puede ser el direccionador del deseo. Si tomamos el
ejemplo del paradigma del éxito actual emprendedor, podemos suponer que es muy
posible que el afán de dinero haya sido un motor de impulso para la producción
de Bill Gates, pero el deseo conceptual del trabajo informático es el que habrá
empujado los logros y seguramente el que primó por sobre los intereses
económicos.
En este punto hay una relación que debe observarse y que está asociada a
conceptos anteriores. Plantear la direccionalidad del deseo en un concepto
totalizador como lo es, la realización de un emprendimiento de alcance laboral,
implica necesariamente un retroceso de los vectores de la obligación de la
sociedad hacia los actores que intervienen en ella.
Cuando las sociedades se dedican a
construir, no existe espacio para lo individual ni derecho a exponer las
quejas. Hay un objetivo social que está por encima de los intereses
individuales que la sociedad toda adhiere y le da entidad. El deseo en esos
momentos está sublimado a la propuesta que la sociedad exige, dejando de lado a
aquellos que no logran adherir dentro del común del deseo. Los momentos más
conocidos en el siglo veinte de esas situaciones fueron representados por las
sociedades fascistas que finalmente desataron la Segunda Guerra Mundial. Pero
sin llegar al fantoche de caricatura que los representantes del Eje nos
ofrecieron, los otros países, sobre todo aquellos que los enfrentaron, también
ocuparon a sus sociedades con pautas cargadas de sacrificio y patriotismo
necesarios para enfrentar a sus enemigos. No había dudas en ninguno de los
bandos y aquellos que quedaron atrapados en la duda existencial, acabaron
relegados hasta la muerte misma, como fue el caso Stefan Zweigt.
Pero cuando la sociedad entra en retrocesos, algunos de ellos vistos
circunstancialmente en condición de decadencia, lo individual golpea las
puertas exigiendo el lugar que le corresponde. En ese momento, los factores de
presión son equilibrantes y numerosos y las minorías se agrupan produciendo un
universo rico en creatividad, pero muy complejo en la capacidad de acción.
Desaparecen las certezas, las dudas son las que priman y el deseo social suele
quedar confundido porque el albedrío individual se pone de manifiesto. No es
preciso citar nuevamente la ley de Hooke, ya que no viene a cuento para evaluar
este momento de la historia, pero sí podemos recordar la entreguerra, que
significó la tregua necesaria para guerra de la cual, la humanidad no estaba
todavía preparada y que necesitó de la más cruel de las contiendas hasta ese
momento, para acabar con ese mundo de imaginario e individualidad.
Hoy la situación social está otra vez en retirada a pesar de los
supuestos triunfos de la globalidad. Los factores de lucha desde las minorías
con la aparición de la mujer en las áreas de decisión, hacen de este momento un
espacio donde la detección del deseo y su posterior direccionalidad, si bien no
garantizan, posicionan de buen grado a las organizaciones para el triunfo.
Del mismo modo que es necesario detectar la matriz de tensión en las
organizaciones del trabajo para su administración, el deseo en sus diferentes
manifestaciones, es imprescindible ser identificado y venerado. Porque junto
con el estado de tensión, el deseo, es parte de la génesis de cualquier
proyecto humano, y si se detectara que el objeto de ese deseo ha perdido
sentido o necesidad, es poco probable que ese proyecto pueda prosperar.
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