lunes, 3 de febrero de 2014

Aquella maldita máquina


  Pero no todo es política o por lo menos no todo puede ser visto desde ese lugar. Y vuelvo entonces al concepto de la ilusión de la eficiencia. Y bien vale la pena trazar alguna relación con respecto a la eficiencia. Podemos decir que un proceso es eficiente, cuando logra su objetivo con los menores recursos posibles. También ese término puede ajustarse aún más, cuando se intenta definir niveles de eficiencia, de modo que es posible medir hasta qué punto pueden lograrse esos objetivos y por otra parte, hasta qué punto pueden o deben ajustarse los recursos. Otro modo de medir los niveles que complica la eficiencia, es la incorporación de otras variables que modifican los criterios de eficiencia. Y éste es el punto donde aparece el concepto previo a la eficiencia. La ilusión.
  La computadora existe como recurso desde mediados de los años cincuenta. Su utilización a nivel comercial se expandió fuertemente en los sesenta y en los setent, pero sólo estaba limitada a los grandes emprendimientos humanos, empresas, estados, universidades.
  Es decir que, si bien la computadora existía y ya había comenzado a generar la transferencia de la habilidad de los hombres a las máquinas, del mismo modo que en la revolución industrial se transfirió del artesano al obrero, sólo con la aparición de la PC el cambio se tornó vertiginoso.
  Lo que esperó decenios para formarse, en apenas un lustro explotó avasallando. Si bien las computadoras ya habían desplazado la carga de trabajo, la PC cambió los requerimientos transformándolos bruscamente.
  Quedaron atrás puestos claves como mecanógrafas, estenógrafas, perfoverificadoras tan clásicas en la etapa inicial de la computación, dibujantes técnicos y fruto de su proyección mayor a partir de la robótica, puestos tradicionales de operarios de la industria.
  Ese aparato nuevo que apareció hizo que las cosas resultaran más fáciles y se realicen mucho más rápido. Todo el mundo supuso que la desaparición del empleo sería inmediato y que actividades como la fabricación de papel acabarían al poco tiempo.
  Sin embargo, del mismo modo que en la revolución industrial la máquina no desplazó al hombre, sino que por el contrario, igual que en aquel momento que una vez definida la organización del trabajo, la demanda de puestos de trabajo desplazó la población del campo a las ciudades, esta máquina nuevamente corrió las habilidades a otro tipo de demandas.    
  Pero alguna sutil situación se presentó una vez que la máquina se puso en juego. Por un lado la máquina maravillosa hacía de todo y todo era posible hacerse con ella, pero el resto de la actividad humana seguía siendo tan imperfecta como hasta la llegada de ella. Ubicada desde las corporaciones hasta en los mínimos comercios, la actividad alrededor de la PC creció al mismo ritmo que ofrecía respuestas.
  Poco a poco cada modelo de máquina entraba en obsolescencia técnica más rápidamente, no sólo desde el hardware, sino que también desde los software. Como una paradoja curiosa, la industria del papel aumentó su producción de un modo tan explosivo como el de las PC, puesto que las impresoras ofrecían llegar con papel a usuarios de modo sencillo y la sensación corporal que ofrece el papel hasta ahora, no ha podido ser sustituido por la pantalla.
  La creatividad y la competitividad humana se pusieron en juego en una espiral virtuosa, proponiendo a cada momento diferentes modos de producción de bienes y de servicios. Por último, su fase más desarrollada es la actual con la comunicación a través de internet, lo cual permite el tránsito de la información y el contacto de un modo inimaginable hace apenas pocos años.
  Hasta aquí todo parece que funciona bien. Si hasta hace veinte años la actividad humana más importante estaba ligada al acero o a la energía, hoy el entretenimiento ocupa el primer lugar. Ya citamos previamente que MD es quizás, la más importante demandadora de mano de obra.
  Es posible que las sociedades productivas todavía no se hayan adaptado al vértigo que les toca. La humanidad, necesitó de casi un siglo para procesar la revolución industrial. Es común descubrir que los jóvenes rápidamente se adaptan a todo nuevo cambio con esa capacidad infinita de procesar que tienen, pero la humanidad productiva actual, en puestos de cierto relieve, y más aún, desde los lugares de gobierno, está compuesta por personas que superan los cuarenta y hasta los cincuenta años de edad.
  Conviven por lo tanto un universo de realidades en cambio permanente y de alta velocidad con dirigentes a destiempo del ritmo.
  Es posible suponer que cualquier tarea realizada con la máquina ofrece un nivel de eficiencia y de velocidad que de otro modo sería imposible realizarlo. La competencia entre lo producido por la máquina puso de manifiesto la incompetencia del hombre, o lo que es lo mismo, la máquina es perfecta pero el hombre sigue siendo la misma criatura de por lo menos diez siglos atrás, pero a los efectos de estas líneas, sigue siendo el mismo que hace veinte años. De modo que una vez que la PC llegó a manos de todos, el beneficio que propone, no hace mejor a quien la posee en relación a otro. Queda por supuesto, la diferencia puntual del grado de habilidad de uno y de otro usuario y desde ahí, pueden plantearse los niveles de eficiencia. Pero es justo decir que los proveedores de software, cada vez realizan sus productos de modo “más amigable”, entendiendo que cada vez es menor el grado de capacitación para su uso. Por lo tanto la ilusión se estableció pretendiendo que toda actividad humana tiene la efectividad y la eficiencia que ofrece la máquina.
  Se propuso la realización de proyectos de toda índole con tiempos de difícil concreción, exigiendo al conjunto humano que los realiza del mismo modo que se exige a la máquina y a sus proveedores de más y más capacidad de trabajo. Las organizaciones se encontraron con la necesidad de colocarse a la altura de lo que la hora exigía proponiendo innovaciones tecnológicas para ganar las carreras que se ponían en juego. Desde los proyectos y métodos constructivos de edificios, puentes y caminos, hasta la realización de películas ó las ya citadas hamburguesas, una permanente exigencia en aumentar la velocidad de la realización de los procesos apareció al igual que la máquina que ofrece velocidades mayores y capacidades mayores a cada momento.
  Convengamos en este punto que la productividad es un objetivo a cumplir para lograr los mejores resultados en la competencia, pero quizás en éstos tiempos habría que evaluar si la exigencia permanente no ha suplido a otros motores de la actividad humana, como por ejemplo el placer y el orgullo por la tarea bien resuelta. La tarea, cualquiera sea ella, queda encorsetada en un cambio sin sosiego de mejora compulsiva alimentada por la ilusión de la eficiencia y el temor a la expulsión.  
  La ilusión queda expuesta en toda su evidencia cuando se pretende que los niveles de la incapacidad humana por darle algún nombre, sean justificados con el método que ofrecen los manuales, los que contienen en un circuito ilusorio la supuesta eficiencia.
  Ya no hay suficiente tiempo para estudiar a fondo los detalles de una cuestión antes de que sea lanzada ya que el método de prueba y error ha condicionado la metodología de trabajo. Recordemos que es mucho más fácil armar un sistema iterativo de respuesta en la PC que dedicar una hora para pensar una ecuación de resolución. Por otro lado son tantas las novedades, que lo que hoy puede ser bueno en diez días puede ser obsoleto. Planteadas las cosas de este modo se aceptan supuestos para las tareas sin contar con el conocimiento de la totalidad de las variables. El desafío de hoy es por lo tanto, abrir un abanico constante de hipótesis para enfrentar los escollos que aparecen en el camino. La improvisación y la capacidad de adaptación están por encima de los planeamientos estratégicos.
  Llevado a un plano local, es similar a la actitud que se tenía con las empresas argentinas en inflación. Todos los días se cambiaban estrategias en función de lo que aparecía en los titulares del día siguiente. Sólo era posible trazar planes generales conducentes a rápidos cambios de rumbo donde  podían obtenerse grandes beneficios  o soportar cuantiosas pérdidas. Pasada esa época, cuando la inflación fue contenida, los empresarios descubrieron cuanta ineficacia tapaba esa situación ya que frente a la inflación la productividad se desdibujaba.
  Quizás más ilustrativa aún sea la historia de la ilusión de la eficiencia en la Segunda Guerra Mundial. Recordemos que la Segunda Guerra al igual que la Primera, ocurrió en Europa. El término Mundial para la primera quizás le quedaba un poco grande, pero para la Segunda, podemos aceptar que ocurrió en casi todos los continentes .
  Los nazis provenían de un universo particularmente obsesivo. Basta estudiar la excusa y posterior desarrollo de la propuesta de la Solución Final, para comprender el grado de obsesión que los perseguía. Crearon en su locura una maquinaria perfecta de eficiencia bélica. Para el año cuarenta, cierta parte de la humanidad tenía sobrados motivos para temer. Una especie de monstruo con una capacidad asombrosa de productividad, se había lanzado a la conquista de nada menos que del viejo mundo. Recordemos también que hasta ese momento, Europa seguía siendo si bien virtual, el centro del Mundo.
  Quien conoce de armas, confieza que una pistola Lüger de la época, era una maquinaria admirable respecto de las obtusas máquinas de matar fabricadas por los americanos ó por los ingleses. De modo que los alemanes generaron y se creyeron su ilusión de eficiencia.           Quizás los pioneros en la búsqueda de la globalidad fueron ellos con métodos hoy considerados toscos, ya que la intentaron a las trompadas pero de algún modo admitámosles cierto grado de originalidad. Ellos fueron los iniciadores de las normativas de fabricación de hasta los más insólitos elementos, normaron más allá de lo que en otros lugares se acostumbraba. Las Normas DIN superaban a esa altura a las Americanas ó Inglesas.  Por lo tanto, también trabajaron con un concepto globalizante pretendiendo algo similar a lo que hoy son las normas ISO
  La ilusión de la eficiencia está relacionada con estas dos grandes particularidades que los nazis nos dejaron para que nos observemos. Hablo de la omnipotencia y la obsesión. Es imprescindible una y la otra para recrear ese mundo de inexorabilidad de los hechos y de trascendencia de las decisiones.
  EEUU para esa época todavía guardaba un aspecto de gran gigante adolescente. Comparado con Europa se portaba de modo impulsivo y desconocido. A pesar de haber sido el gran protagonista de la Primera Guerra todavía guardaba el complejo de hermano menor. Una sociedad cocinándose a fuego lento creaba las reglas morales del universo impoluto, salió a dar una gran respuesta desde el colmo de la supuesta ineficiencia.
  ¿Quién hubiese comparado un Rolls ó un Hispano con un Chevrolet?. Ni que hablar de un Mercedes. Tanto el Packard ó el Duessemberg para la época, no llegaban a opacar la finesa de los otros. Ese mundo desprolijo y revoltoso, luego de un gran susto japonés sin otra escapatoria, puso en marcha la adaptación de su poderosa industria automotriz para sacar armas, tanques, Jeeps y barcos Liberty, con el criterio de que con la cantidad los pasamos por arriba. Por cada acorazado de bolsillo alemán, los yanquis lanzaron diez groseros y pesados Libertys de hormigón armados hasta los dientes.
  Los aviones de la Luftwaffe  mas que los Zero japoneses parecían maravillas voladoras comparadas a aquellos pesados B52. Pero los norteamericanos ofrecieron una respuesta inmediata con la cantidad necesaria para anular toda posibilidad de respuesta. Para los alemanes ese fue el final de su ilusión, luego EE UU tuvo lo suyo.
  Recordemos la moda “orientalista” de los setenta. Basta recordar la prácticas de las artes marciales orientales incorporadas al mundo occidental coincidiendo con el inicio de los primeros trabajos de de Calidad Total, tiempo cero de stock (Just in Time) y tantas otras variantes de los métodos desarrollados en el mundo de los ojos rasgados pasada la segunda década del final de la Segunda Guerra.
  No puede resultarnos complejo asociar esta moda orientalista con un primer empate vergonzoso y una derrota cruel y atroz. Corea y Viet – Nam aún hoy siguen siendo asignaturas pendientes de los que luego de aquella victoria casi insospechada de la Roma Ciudad Abierta en aquella mítica Guerra honorable.
  La computadora personal, su sucesora más perfeccionada la Note Book, fácilmente agrupan un ejército de personajes de la Gran Ilusión.  Ningún objeto después del automóvil ha ofrecido a los cambios sociales ni propuesto sensaciones mayores. Tanto uno como el otro representan los dos grandes iconos del siglo veinte. La PC está instalada en un estadío más avanzado respecto del automóvil en el tiempo y en el espacio. Su gran aporte es su inclusión en el espacio. La computadora ofrece un campo de poder virtual. Esa expresión, lo virtual, estaba reservada a otra clase de ilusionistas como los físicos, los filósofos y los artistas de diferentes disciplinas. Finalmente la virtualidad nos propone situaciones que miradas desde cierta óptica resultan grotescas, como la expresión  “se me cayó el sistema” que da a entender que toda acción queda fuera de control o posibilidad o también en cuando un empleado descree un hecho de la realidad objetiva, porque su virtualidad en la pantalla le informa lo contrario. Pagos ya efectuados con recibo indiscutido, ventas de producto que no se encuentra en almacenes, envíos que no se efectuaron y que figuran realizados forman parte del anecdotario de la religión de los sistemas. Estas situaciones exceden lo formal de la aceptación de mero error, apunto al estupor que se produce al tropezar con la falibilidad de los sistemas. En otras palabras, la virtualidad en lo cotidiano se presenta con suficiente nivel de concritud que pone en duda hechos de la realidad cuando se nos contrapone. Hecho similar a lo que produjo la radio ó la televisión incorporadas a la vida cotidiana cuando se lanzaron a transmitir a nivel masivo. Un ejemplo de la concritud de la virtualidad de la época de la radio nos trae aquella historia tan recordada de los años cuarenta protagonizada por Orson Wells. El que luego fuera el director del film El Ciudadano Kane, realizó con picardía y talento una entrega de la obra La Guerra de los Mundos con la realidad necesaria, que muchos creyeron que la tierra estaba siendo invadida por extraterrestres y produjo escenas de pánico en la sociedad de su país. 

  No hay visos a corto plazo de equilibrar la marcha de la exigencia de la competencia voraz alimentada por la desigualdad de los actores en juego de las fuerzas del trabajo en un marco de ilusión de la eficiencia. 

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