Pero no todo es política o por
lo menos no todo puede ser visto desde ese lugar. Y vuelvo entonces al concepto
de la ilusión de la eficiencia. Y bien vale la pena trazar alguna relación con
respecto a la eficiencia. Podemos decir que un proceso es eficiente, cuando
logra su objetivo con los menores recursos posibles. También ese término puede
ajustarse aún más, cuando se intenta definir niveles de eficiencia, de modo que
es posible medir hasta qué punto pueden lograrse esos objetivos y por otra
parte, hasta qué punto pueden o deben ajustarse los recursos. Otro modo de
medir los niveles que complica la eficiencia, es la incorporación de otras
variables que modifican los criterios de eficiencia. Y éste es el punto donde
aparece el concepto previo a la eficiencia. La ilusión.
La computadora existe como
recurso desde mediados de los años cincuenta. Su utilización a nivel comercial
se expandió fuertemente en los sesenta y en los setent, pero sólo estaba
limitada a los grandes emprendimientos humanos, empresas, estados,
universidades.
Es decir que, si bien la
computadora existía y ya había comenzado a generar la transferencia de la
habilidad de los hombres a las máquinas, del mismo modo que en la revolución
industrial se transfirió del artesano al obrero, sólo con la aparición de la PC
el cambio se tornó vertiginoso.
Lo que esperó decenios para
formarse, en apenas un lustro explotó avasallando. Si bien las computadoras ya
habían desplazado la carga de trabajo, la PC cambió los requerimientos
transformándolos bruscamente.
Quedaron atrás puestos claves
como mecanógrafas, estenógrafas, perfoverificadoras tan clásicas en la etapa
inicial de la computación, dibujantes técnicos y fruto de su proyección mayor a
partir de la robótica, puestos tradicionales de operarios de la industria.
Ese aparato nuevo que apareció
hizo que las cosas resultaran más fáciles y se realicen mucho más rápido. Todo
el mundo supuso que la desaparición del empleo sería inmediato y que
actividades como la fabricación de papel acabarían al poco tiempo.
Sin embargo, del mismo modo
que en la revolución industrial la máquina no desplazó al hombre, sino que por
el contrario, igual que en aquel momento que una vez definida la organización
del trabajo, la demanda de puestos de trabajo desplazó la población del campo a
las ciudades, esta máquina nuevamente corrió las habilidades a otro tipo de
demandas.
Pero alguna sutil situación se
presentó una vez que la máquina se puso en juego. Por un lado la máquina
maravillosa hacía de todo y todo era posible hacerse con ella, pero el resto de
la actividad humana seguía siendo tan imperfecta como hasta la llegada de ella.
Ubicada desde las corporaciones hasta en los mínimos comercios, la actividad
alrededor de la PC creció al mismo ritmo que ofrecía respuestas.
Poco a poco cada modelo de
máquina entraba en obsolescencia técnica más rápidamente, no sólo desde el
hardware, sino que también desde los software. Como una paradoja curiosa, la
industria del papel aumentó su producción de un modo tan explosivo como el de
las PC, puesto que las impresoras ofrecían llegar con papel a usuarios de modo
sencillo y la sensación corporal que ofrece el papel hasta ahora, no ha podido
ser sustituido por la pantalla.
La creatividad y la
competitividad humana se pusieron en juego en una espiral virtuosa, proponiendo
a cada momento diferentes modos de producción de bienes y de servicios. Por
último, su fase más desarrollada es la actual con la comunicación a través de
internet, lo cual permite el tránsito de la información y el contacto de un modo
inimaginable hace apenas pocos años.
Hasta aquí todo parece que
funciona bien. Si hasta hace veinte años la actividad humana más importante
estaba ligada al acero o a la energía, hoy el entretenimiento ocupa el primer
lugar. Ya citamos previamente que MD es quizás, la más importante demandadora
de mano de obra.
Es posible que las sociedades
productivas todavía no se hayan adaptado al vértigo que les toca. La humanidad,
necesitó de casi un siglo para procesar la revolución industrial. Es común
descubrir que los jóvenes rápidamente se adaptan a todo nuevo cambio con esa
capacidad infinita de procesar que tienen, pero la humanidad productiva actual,
en puestos de cierto relieve, y más aún, desde los lugares de gobierno, está
compuesta por personas que superan los cuarenta y hasta los cincuenta años de
edad.
Conviven por lo tanto un
universo de realidades en cambio permanente y de alta velocidad con dirigentes
a destiempo del ritmo.
Es posible suponer que
cualquier tarea realizada con la máquina ofrece un nivel de eficiencia y de
velocidad que de otro modo sería imposible realizarlo. La competencia entre lo
producido por la máquina puso de manifiesto la incompetencia del hombre, o lo
que es lo mismo, la máquina es perfecta pero el hombre sigue siendo la misma
criatura de por lo menos diez siglos atrás, pero a los efectos de estas líneas,
sigue siendo el mismo que hace veinte años. De modo que una vez que la PC llegó
a manos de todos, el beneficio que propone, no hace mejor a quien la posee en
relación a otro. Queda por supuesto, la diferencia puntual del grado de
habilidad de uno y de otro usuario y desde ahí, pueden plantearse los niveles
de eficiencia. Pero es justo decir que los proveedores de software, cada vez
realizan sus productos de modo “más amigable”, entendiendo que cada vez es
menor el grado de capacitación para su uso. Por lo tanto la ilusión se
estableció pretendiendo que toda actividad humana tiene la efectividad y la
eficiencia que ofrece la máquina.
Se propuso la realización de
proyectos de toda índole con tiempos de difícil concreción, exigiendo al
conjunto humano que los realiza del mismo modo que se exige a la máquina y a
sus proveedores de más y más capacidad de trabajo. Las organizaciones se
encontraron con la necesidad de colocarse a la altura de lo que la hora exigía
proponiendo innovaciones tecnológicas para ganar las carreras que se ponían en
juego. Desde los proyectos y métodos constructivos de edificios, puentes y
caminos, hasta la realización de películas ó las ya citadas hamburguesas, una
permanente exigencia en aumentar la velocidad de la realización de los procesos
apareció al igual que la máquina que ofrece velocidades mayores y capacidades
mayores a cada momento.
Convengamos en este punto que
la productividad es un objetivo a cumplir para lograr los mejores resultados en
la competencia, pero quizás en éstos tiempos habría que evaluar si la exigencia
permanente no ha suplido a otros motores de la actividad humana, como por
ejemplo el placer y el orgullo por la tarea bien resuelta. La tarea, cualquiera
sea ella, queda encorsetada en un cambio sin sosiego de mejora compulsiva
alimentada por la ilusión de la eficiencia y el temor a la expulsión.
La ilusión queda expuesta en
toda su evidencia cuando se pretende que los niveles de la incapacidad humana
por darle algún nombre, sean justificados con el método que ofrecen los
manuales, los que contienen en un circuito ilusorio la supuesta eficiencia.
Ya no hay suficiente tiempo
para estudiar a fondo los detalles de una cuestión antes de que sea lanzada ya
que el método de prueba y error ha condicionado la metodología de trabajo.
Recordemos que es mucho más fácil armar un sistema iterativo de respuesta en la
PC que dedicar una hora para pensar una ecuación de resolución. Por otro lado
son tantas las novedades, que lo que hoy puede ser bueno en diez días puede ser
obsoleto. Planteadas las cosas de este modo se aceptan supuestos para las
tareas sin contar con el conocimiento de la totalidad de las variables. El
desafío de hoy es por lo tanto, abrir un abanico constante de hipótesis para
enfrentar los escollos que aparecen en el camino. La improvisación y la
capacidad de adaptación están por encima de los planeamientos estratégicos.
Llevado a un plano local, es
similar a la actitud que se tenía con las empresas argentinas en inflación.
Todos los días se cambiaban estrategias en función de lo que aparecía en los
titulares del día siguiente. Sólo era posible trazar planes generales
conducentes a rápidos cambios de rumbo donde
podían obtenerse grandes beneficios
o soportar cuantiosas pérdidas. Pasada esa época, cuando la inflación
fue contenida, los empresarios descubrieron cuanta ineficacia tapaba esa
situación ya que frente a la inflación la productividad se desdibujaba.
Quizás más ilustrativa aún sea
la historia de la ilusión de la eficiencia en la Segunda Guerra Mundial.
Recordemos que la Segunda Guerra al igual que la Primera, ocurrió en Europa. El
término Mundial para la primera quizás le quedaba un poco grande, pero para la
Segunda, podemos aceptar que ocurrió en casi todos los continentes .
Los nazis provenían de un
universo particularmente obsesivo. Basta estudiar la excusa y posterior
desarrollo de la propuesta de la Solución Final, para comprender el grado de
obsesión que los perseguía. Crearon en su locura una maquinaria perfecta de
eficiencia bélica. Para el año cuarenta, cierta parte de la humanidad tenía
sobrados motivos para temer. Una especie de monstruo con una capacidad
asombrosa de productividad, se había lanzado a la conquista de nada menos que
del viejo mundo. Recordemos también que hasta ese momento, Europa seguía siendo
si bien virtual, el centro del Mundo.
Quien conoce de armas,
confieza que una pistola Lüger de la época, era una maquinaria admirable respecto
de las obtusas máquinas de matar fabricadas por los americanos ó por los
ingleses. De modo que los alemanes generaron y se creyeron su ilusión de
eficiencia. Quizás los pioneros
en la búsqueda de la globalidad fueron ellos con métodos hoy considerados
toscos, ya que la intentaron a las trompadas pero de algún modo admitámosles
cierto grado de originalidad. Ellos fueron los iniciadores de las normativas de
fabricación de hasta los más insólitos elementos, normaron más allá de lo que
en otros lugares se acostumbraba. Las Normas DIN superaban a esa altura a las
Americanas ó Inglesas. Por lo tanto,
también trabajaron con un concepto globalizante pretendiendo algo similar a lo
que hoy son las normas ISO
La ilusión de la eficiencia
está relacionada con estas dos grandes particularidades que los nazis nos
dejaron para que nos observemos. Hablo de la omnipotencia y la obsesión. Es
imprescindible una y la otra para recrear ese mundo de inexorabilidad de los
hechos y de trascendencia de las decisiones.
EEUU para esa época todavía
guardaba un aspecto de gran gigante adolescente. Comparado con Europa se
portaba de modo impulsivo y desconocido. A pesar de haber sido el gran
protagonista de la Primera Guerra todavía guardaba el complejo de hermano menor.
Una sociedad cocinándose a fuego lento creaba las reglas morales del universo
impoluto, salió a dar una gran respuesta desde el colmo de la supuesta
ineficiencia.
¿Quién hubiese comparado un
Rolls ó un Hispano con un Chevrolet?. Ni que hablar de un Mercedes. Tanto el
Packard ó el Duessemberg para la época, no llegaban a opacar la finesa de los
otros. Ese mundo desprolijo y revoltoso, luego de un gran susto japonés sin
otra escapatoria, puso en marcha la adaptación de su poderosa industria
automotriz para sacar armas, tanques, Jeeps y barcos Liberty, con el criterio
de que con la cantidad los pasamos por arriba. Por cada acorazado de bolsillo
alemán, los yanquis lanzaron diez groseros y pesados Libertys de hormigón
armados hasta los dientes.
Los aviones de la
Luftwaffe mas que los Zero japoneses
parecían maravillas voladoras comparadas a aquellos pesados B52. Pero los
norteamericanos ofrecieron una respuesta inmediata con la cantidad necesaria
para anular toda posibilidad de respuesta. Para los alemanes ese fue el final
de su ilusión, luego EE UU tuvo lo suyo.
Recordemos la moda
“orientalista” de los setenta. Basta recordar la prácticas de las artes
marciales orientales incorporadas al mundo occidental coincidiendo con el
inicio de los primeros trabajos de de Calidad Total, tiempo cero de stock (Just
in Time) y tantas otras variantes de los métodos desarrollados en el mundo de
los ojos rasgados pasada la segunda década del final de la Segunda Guerra.
No puede resultarnos complejo
asociar esta moda orientalista con un primer empate vergonzoso y una derrota
cruel y atroz. Corea y Viet – Nam aún hoy siguen siendo asignaturas pendientes
de los que luego de aquella victoria casi insospechada de la Roma Ciudad
Abierta en aquella mítica Guerra honorable.
La computadora personal, su
sucesora más perfeccionada la Note Book, fácilmente agrupan un ejército de
personajes de la Gran Ilusión. Ningún
objeto después del automóvil ha ofrecido a los cambios sociales ni propuesto
sensaciones mayores. Tanto uno como el otro representan los dos grandes iconos
del siglo veinte. La PC está instalada en un estadío más avanzado respecto del
automóvil en el tiempo y en el espacio. Su gran aporte es su inclusión en el
espacio. La computadora ofrece un campo de poder virtual. Esa expresión, lo
virtual, estaba reservada a otra clase de ilusionistas como los físicos, los
filósofos y los artistas de diferentes disciplinas. Finalmente la virtualidad
nos propone situaciones que miradas desde cierta óptica resultan grotescas,
como la expresión “se me cayó el
sistema” que da a entender que toda acción queda fuera de control o posibilidad
o también en cuando un empleado descree un hecho de la realidad objetiva,
porque su virtualidad en la pantalla le informa lo contrario. Pagos ya efectuados
con recibo indiscutido, ventas de producto que no se encuentra en almacenes,
envíos que no se efectuaron y que figuran realizados forman parte del
anecdotario de la religión de los sistemas. Estas situaciones exceden lo formal
de la aceptación de mero error, apunto al estupor que se produce al tropezar
con la falibilidad de los sistemas. En otras palabras, la virtualidad en lo
cotidiano se presenta con suficiente nivel de concritud que pone en duda hechos
de la realidad cuando se nos contrapone. Hecho similar a lo que produjo la
radio ó la televisión incorporadas a la vida cotidiana cuando se lanzaron a
transmitir a nivel masivo. Un ejemplo de la concritud de la virtualidad de la
época de la radio nos trae aquella historia tan recordada de los años cuarenta
protagonizada por Orson Wells. El que luego fuera el director del film El
Ciudadano Kane, realizó con picardía y talento una entrega de la obra La Guerra
de los Mundos con la realidad necesaria, que muchos creyeron que la tierra
estaba siendo invadida por extraterrestres y produjo escenas de pánico en la
sociedad de su país.
No hay visos a corto plazo de
equilibrar la marcha de la exigencia de la competencia voraz alimentada por la
desigualdad de los actores en juego de las fuerzas del trabajo en un marco de
ilusión de la eficiencia.
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